Despierto bajo un sol vacilante, como un faro que parpadea entre la escarcha.

Separador

El Yuyar crece con lineas de cobre que susurran promesas de luz y una torre de piedras rojas que sueña con fuego. La arena colada con plegarias a la Pacha se mezcla en bloques caprichosos que aprenden con cada intento. Caños negros tejen el subsuelo del potrero. Kililo, reina de su cucha, grazna contra el frío y el baño precario, hasta que Yiyo, desde un espejo negro, la arrastra a su pantano. Cargué sus trastos en la lancha que zarpó con el esbirro de cara agria. El espejo negro siguió graznando, mensajes escritos por manos ajenas blandiendo sarcasmos, buscando violencia y burlándose de las leyes.

Pasados dos días, Tincho, sobrio y apurado, irrumpió fugaz, buscando trastos y huyendo de un kraken sin nombre. Ignoró su tele penitente y sus ojos delataron un tormento que no confesó. Pero el Yuyar no calla y el tiempo rie. Un loro, posado en un nogal, graznó un insulto que sonó a chacarera y al girar vi un balde de mezcla volcado, como si la Pacha avisara que el orden no tolera descuidos.

Salamandra

La salamandra, celosa del caloventor, escupió una nube de hollín que pintó un remolino en el aire, como un mensaje que no supe leer. Al limpiar la chimenea apareció un nido viejo y oscuro como las nueces embichadas de Tincho. Bajo el viscote, un hormiguero que zumbaba en la huaca vibró más fuerte, mientras los cuarzos del Bunker brillaban como faros.

El tiempo es un reloj roto, salta en olas como si el universo se burlara de mis momentos. Las pesadillas me visitan. Despierto y el Yuyar me recibe con un silencio que solo el frío puede tejer. Mi dragón doméstico ruge contra el invierno. El frío muerde los huesos, me empuja a la cama, donde lucho contra pulgas y sueños retorcidos. Hay días de sol en que los jejenes respetan nuestro pacto. Cada tarea es un acto de resistencia, contra el caos sembrado desde la huida de Tincho y los mensajes apócrifos de Kililo girando lento en un caldo de pantano.

Separador

Sigo tejiendo mi refugio, sabiendo que el Mukí, desde algún rincón, se ríe de todos nosotros.