Los días se deshilachan como un lienzo azotado por el viento, habitando un tiempo que se quiebra como cristal.

Separador

Cada amanecer me atrapa la sirena de sábanas, susurrando reposo, mientras el profeta de latón balbucea su rendición. Despierto con el sol pesando como tirano dorado, me entrego a los mates cuyo vapor dibuja jeroglíficos que solo el Mukí descifra entre risas. Mis manos curtidas como la leña que parto se hunden en el barro del mundo.

La cocina rocket crece, templo pagano ladrillo a ladrillo, con la paciencia de un río que talla su cauce. Muelo escombros hasta volverlos polvo, mezclo cemento con devoción alquímica y pinto con cobre que brilla como monedas olvidadas. El yuyar murmura secretos que se escapan, mientras mi dragón doméstico ruge contra el frío. A veces traiciona, escupiendo humo de oráculo enojado. La deshollino, la alimento con troncos, y ella calienta mis noches. Corto leña siguiendo vetas como mapas de tesoros perdidos, recolecto cuarzos del manantial —estrellas caídas para mi altar—.

Reloj

El tiempo aquí es un reloj de arena que salta las horas, la nube de datos se esfuma como espejismo y las pesadillas me acechan. Despierto y el yuyar me abraza con su bruma, jejenes respetuosos y un viento que zumba como heraldo de tormentas. En la Comarca, vendedores me endosan envases rotos y huevos quebrados; La Feria Feudal del Garfio siembra caos con piratas de otras tierras. Consigo provisiones y regreso cantando himnos rurales.

Mis días son un ritual de resistencia. El viento desarma, y escribo, siempre escribo, tejiendo una novela que me persigue, donde los capítulos crujen. El frío congela los mates antes de cebarlos, pero el sol, en tardes tibias me regala un respiro. Kililo naufraga, Tincho huye, Yiyo conspira, yo sigo en el Barranco, forjando refugio con hachas y concreto. La salamandra crepita y el Mukí ríe desde las sombras.

Separador

Entre ladrillos y cobre tejo un destino que no cede. El yuyar, con sus vientos, guarda la última palabra.