Tramo 14
Reflejo Apagado
El Yuyar amaneció con un sol que parecía pedir disculpas por no calentar.

Desperté con la tele graznando ecos de chamamé rebajado. Cebé mates, abrí la galería para que el viento barriera el Barranco, y salí a tomar sol, sintiendo la Pacha guiñarme con un crujido de nogales. Pero la puerta me frenó: un destello etéreo cruzó el vidrio de la galería, como si alguien hubiera guiñado desde adentro, y se esfumó entre las yucas, dejando un tornillo solitario en el marco. “¿Un duende o un reflejo con ganas de fama?”, murmuré, mientras Paulita, desde el Bunker, me miraba con hojas que decían Seguí pintando, Paqo, que los fantasmas no pagan alquiler.
El Bunker, mi camarote en construcción, olía a promesas de cal. La pared sur bebía la pintura, pero el pincel avanzaba lento. Por el rabillo del ojo, el destello reapareció, bajando las escaleras, transparente como el ron que Tincho jura no esconder. Se desvaneció junto a la cisterna rota, pero un puñado de yerba apareció en la jabelga, como si alguien hubiera querido matear y se equivocó de tacho. “Si querés hablar, traé mates”, le dije al aire, y los jejenes zumbaban como si aplaudieran mi osadía.
Los días se desplegaron como un sainete mal ensayado. Tincho, navegando en un yate imaginario de promesas gastadas, llegó con una mochila cargada de embutidos, quesos y cervezas, como si el Yuyar fuera un carnaval de taberna. Kililo, desde su cucha, despotricaba contra el frío, el polvo y la vida misma, mientras su espejo negro graznaba con Yiyo, prometiendo un paraiso en la Comarca que sonaba a disco rayado, urdiendo planes para llevarla a su pantano. “¡Que se enferma en el campo!”, como si el Barranco fuera un iceberg andino.

Kililo, atrapada entre la cucha y el espejo, soñaba con techos que su bolsa no podía costear. Por su parte, Tincho, con la astucia que lo caracteriza, mangueaba comida y juraba que las deudas estaban saldadas, mientras apenas se movió sola su botella de ron sobre la mesa, como si el Yuyar lo tildara de charleta. “¿Saldadas? ¡Si esa deuda es más vieja que el cedro!”, rugí, y el Illapa soltó un trueno que hizo temblar los vidrios. Tincho se hundió en su hamaca; Kililo, con ojos de naufragio, guardó silencio.
El Bunker avanzaba, lento y terco. La jabelga, aguada como argumento de Tincho, exigió más cal, mientras las yucas enraizaban en un tacho, listas para frenar vacas y curiosos. El tanque cisterna, parchado con resina, resistió como un galeón tras la tormenta, aunque un nuevo tajo me guiñó desde arriba, como si la Pacha dijera: “No tan rápido, Paqo”. La cocina rocket, mi brasero steampunk, tomó forma con ladrillos huecos rescatados de escombros. Pero el trabajo pesaba; mi brazo, entumecido como garra, pedía tregua, y el ánimo, golpeado por las riñas, se arrastraba como un bote sin remos.
Tincho huyó con la Sole en su yate silencioso, dejando el Barranco sin combustible ni explicaciones. Prometió, pero su palabra vale menos que moneda de tres pesos. Kililo, libre de su titiritero, ordenó recetas, pero su espejo negro seguía susurrando cantos de sirena de Yiyo: Venite para el invierno, que el campo te mata. Le advertí, con la calma de quien ve un tornado asomarse: “le van a limpiar el chanchito. El Barranco le canta si suelta un poco los espejos negros”. Ella, pensativa, guardó sus papeles, pero la bruma de Yiyo pesaba como ancla.
La electricidad del Bunker, mi próximo duelo, se torció cuando el disyuntor sonó como maraca de bolero, mientras el jazmín, testigo mudo, se reía de mis cables yapados. En la Comarca, un safari frenético me dio las medicinas de Kililo. De vuelta, en la lancha, El Sopita contó anécdotas de la Aldea como si fuera un trovador, mientras un destello en el agua parecía reírse de sus historias. Al cerrar los días, el Yuyar respiró bajo un cielo de ceniza. La salamandra crujía, los mates amargos lamían las heridas, y Cuarto relinchó desde el potrero, como diciendo Seguí, Paqo, el Yuyar guía. Kililo siguió ordenando su rumbo, mientras el eco de Tincho, perdido en la Comarca, susurraba en el viento: Volveré,… sin nafta.

Antes de dormir, dejé un mate dulce bajo el cedro, y juro que el viento susurró un ‘gracias’ mientras un cuarzo brillaba en la galería.