Ya en la Comarca contacté a El Pato, timonel de un buque de carga que llevaría mis escasas pertenencias y los trastos de la señora Kililo

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Cerramos trato para zarpar un martes 13. Horas antes de partir saldé la deuda con el usurero, quien rebajaba el aumento cada vez más, con tal que nos arrepintiéramos de irnos, llegó hasta dejar el precio anterior. Pagué en silencio, entregué las llaves, saludé como siempre y me fui.

Navegamos la carga embalada en cajas de tabacos con El Pato al timón de su chata en un mar desierto que prometía desgracia y como en un pestañar de ojos fondeamos en el Barranco. Tincho preparó la galería para recibir los bultos y al atardecer ya estábamos amarrados, sin saber el infierno que se avecinaba. Quizá en los muebles viejos o a través del espejo negro de Kililo, se colaron algunas sombras. Kililo se acomodó en el cuarto del Sur, yo en el ala Norte y Tincho armó su campamento en la cocina.

Los días siguientes fueron un acomodar trastos y organizar actividades. Kililo, con su énfasis en la limpieza, comenzó a trapear el desastre habitual del Tincho mientras éste disfrutaba del accionar de su nueva doméstica. Los dejé haciéndose amigos y continué mi actividad en el Bunker, sellando revoques, pintando y acondicionando el futuro camarote. Cuarto, tras devorar el pasto, galopa en un campo vecino, esquivo pero atento. Vi que un curioso conocido de la zona torció un poste en el límite norte. Crucé un palo como cerrando el hueco y preparé las yucas para sellar el paso.

Al ver que nuestra estadía sería prolongada, Tincho propuso hacer un fondo común para la comida, al grito de “Donde comen dos, comen tres”. Al principio pareció bien, pero al ver la lista de compras, había incluido todos sus vicios particulares, toneles de ron, bolsas de tabaco y los salamines no son parte de la comida vegana característica de Kililo, ni de mis costumbres alimentarias. Rechacé su propuesta y que siga como antes, cada quien administrando sus gastos. Esa noche pedimos comida hecha de una fonda de la Aldea que tanta buena fama le hace, como una ceremonia de cambio.

Hamburguesas de la Fonda

Tres hamburguesas con fritas, en corteza de cartón. Puro humo la calidad del manjar: lechuga vieja pegada al pan con aceite rancio, extremos de tomates perita, moneda de carne carbonizada, una feta de paleta, media de queso traslúcido. Las papas estaban buenas. Revisando el tiquet constaté que el Tincho se quedó con el vuelto.

Pasados cuatro días, la señora Kililo comenzó a delirar en las mañanas frente a su espejo negro. Mensajeaba a sus amistades el querer irse del Barranco, exigía que le consigan una casita para ella sola o un lugar en el asilo, o le tramiten volver a la Guarida al precio antiguo. Balbuceaba rápido y con pausas mentales, como si repitiera un discurso aprendido de memoria. Tincho, con ojos abiertos, asentando con la cabeza y una risa psicópata la miraba como titiritero, susurrándole permisos para cada paso, robándole monedas mientras ella, nublada, lo adoraba como a un dios falso. Kililo trapeaba su desastre, le daba lo que pedía, y repetía sus guiones, perdida en un potrero de sombras.

Un día, unas monedas desaparecieron de mi mochila —en la Guarida nunca faltó nada, y eso que pasaron piratas de todo tipo—. Acorralé a Tincho como ladrón y su escándalo ofendido trepó en falacias múltiples y sanata sobre la confianza. Kililo lo defendía, atrapada en su hechizo. La discusión escaló en un torbellino, hasta que la voz de Illapa rugió desde mi centro: “¡Cállense Carajo!”. Kililo y Tincho tragaron sus palabras atravezados por ojos que no reflejan, a lo lejos Cuarto relinchó cual voz de la Pacha. “Sí, opino lo mismo”, dije, girando al potrillo. Las sombras negras, adheridas a los muebles, temblaron y se disiparon como polvo en un viento seco. Tincho esquiva mi mirada al hablar en los días siguientes, pasando cerca, dando insultos a estribor.

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La Sole, barquera de espejos, llegó en su yate con cumbia rebajada, levando anclas con Tincho, su ron, y Kililo nublada nuevamente rumbo a la Comarca.