El alba de la Comarca se alzó como si la Pacha susurrara que el tiempo de purgar la Guarida había llegado.

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Amanecí bajo un cielo de ceniza que pesaba como los secretos de la Guarida. Otra semana corta, acorralada por un feriado de cuatro días, exigía precisión, y yo, con el instinto que olfatea la tormenta me lancé a purgar cachivaches. Apuntes de leyes, vestigios de un Paqo que nunca empuñó togas, se deshicieron junto a telas viejas y facturas vencidas. Cuatro bolsas de escombros arrastré al canasto de la calle, un altar donde la Comarca engulle su memoria. Pero allí, entre los desechos, un espejo roto, constelaciones de vidrio esparcidas como un mal augurio. Reí, imaginando al buitre canoso insultando a fantasmas que burlaban su codicia. La Pacha, con su risa subterránea, parecía cobrarle facturas.

En la Guarida, la señora Kililo embalaba sus trastos con trapos viejos tras el fiasco de unos diarios prometidos que nunca llegaron. Su espejo negro, un oráculo de sombras, la tentaba con casitas truchas y millones por mirar videos. Nada es gratis, doña, corté, como la horquilla 2.0. Ella, terca, dudó, pero apagó el cacharro y se fue a dormir, refunfuñando contra las nubes. La Comarca crujía: un hackeo lejano paralizaba sistemas, zombis del vidrio negro peleaban en las calles, enredados en un virus que sembraba discordia.

El Hospital del Adiós me dio la espalda con contestadores que morían en el vacío. Pero los Apus, siempre atentos, dejaron su señal en un canasto: el brazo de la licuadora mocha, reliquia para las mayonesas del Tincho, y cajas de tabaco que cargué como botín. Un sismo fuerte despertó a la Pacha, que se sacudió como espantando pulgas. Las lámparas danzaron, las ventanas gimieron, y yo, con la calma de quien conoce el Yuyar, acaricié la pared: Tranquilo apu, tranquilo. El temblor cedió como un cachorro que se duerme, pero el espejo negro de Kililo vibró con sombras que señalaban culpables sin rostro.

El budín de pan, talismán contra el loquero, falleció en la cocina. El expreso del norte me escupió en el Barranco, donde el Tincho yacía en su hamaca eterna. En el Yuyar, un criollo marrón claro había devorado el pasto como si preparara un malambo. ¿Qué raza sos?, le pregunté, probando nombres como un conjuro: ¿Criollo?, ¿Bagual?, ¿Cuarto de Milla?. Al decir Cuarto de Milla, sus orejas giraron como antenas. ¿Cuarto? ¿Milla?, insistí. Cuarto, con un resoplido, aceptó el bautismo, y el Yuyar selló el pacto.

Cuarto pastando

Le ofrecí un manojo de pasto y una caricia en la frente captaron mi bienvenida “Comé cuanto gustes, hasta agosto”. El cuidador, un vecino parco, confirmó que era un padrillo domado, y Cuarto galopó bajo los nogales secos. Esa noche, una sombra fugaz, eco de un apu, me llevó a las cenizas de la estufa del Tincho. Sobre ellas, violetas y lilas secas, robadas de una tumba, susurraban brujería. “¿Quién las trajo?”, pregunté. El Tincho, en su nube, calló, más mudo que un espinillo. Había aceptado las flores sin oler el maleficio, y ahora, con su hamaca crujiendo, pagaba el precio de su capricho: un dolor de cabeza que lo tenía maldiciendo al viento. Con dos pases mágicos, devolví la brujería a su origen, y la Pacha, limpió el aire.

Terminé de armar las persianas para el bunker, acompañado de una nube de jejenes que las sostenía derechas mientras ajustaba las bisagras. El corralón, seco de cal, no frenó mi alquimia: un revoque de cemento vencido, arena de médano, cal vieja y un susurro de magia selló grietas como quien cierra heridas. De vuelta en la Guarida, las sombras, al acecho, tramaban en silencio.

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Bajo la mirada de los Apus la carga aguardaba su buque, mientras el Yuyar, con Cuarto galopando, prometía un nuevo amanecer.