Bajo un alba que titubeaba entre la bruma y el fuego, el expreso de las altas cumbres me escupió en el Barranco.

Separador

Al llegar, el Tincho modorreaba con cara de quien perdió un duelo contra la noche misma. Almorzamos pescado y arroz, contrastando con los guisos de La Sole, más pesados que collar de melones. La siesta me llamó al taller, donde un fleje suelto en la chatarra, afilado como colmillo de puma, dio vida a la horquilla 2.0, un peine navaja que cortó la hiedra con la precisión de un cirujano beodo y en un giro la arrojé en la pila de malezas. La sierpe verde cedió ante mi danza, cada tajo un verso en la guerra contra su reinado. Mas tarde propuse mudar las yucas al norte, donde los alambres desafinan el límite, pero el Tincho, con la cautela saboteadora que lo caracteriza, se opuso: ¡Custodian el barranco! Cedí, no sin un guiño: Usaré las caídas y sus hijos, no las sacaré todas. Su silencio, un eco de derrota mínima fue mi victoria. Al ocaso, mientras Inti se hundía, reparé alargadores y cables rotos, reliquias que el Tincho evitaba con un temor que olía a electricidad o a esfuerzo. Bajo una lámpara improvisada, cosí los hilos del caos, mientras él, desde su hamaca, mascullaba excusas vanas.

El alba siguiente llegó envuelta en sombras, y el silencio de la noche aún pesaba en mis huesos. Intenté instalar persianas al bunker, pero la mecha, frágil como la fe de un náufrago, se quebró al primer giro, un chiste cruel de los dioses. Sin repuesto, guardé el orgullo y volví a la hiedra, descargando mi bronca con la horquilla. Por la tarde, la furia encontró nuevo puerto: las paredes del bunker, húmedas y carcomidas, cayeron bajo los mazazos, un redoble que resonó como tambores de guerra. El Tincho, alarmado, emergió temiendo por los cimientos de su cucha. ¿Qué demolés? ¡Esa pared es portante!, balbuceó, pero al ver que nunca tocó el techo, y observar el espacio limpio, asintió y se esfumó. Barrí, emprolijé, y dejé la cubierta lista para sellar filtraciones.

Al caer el sol, zarpé al altar del Ampatu, cargado de tabaco y coca, buscando palabras para agradecer. La piedra mutilada me recibió con un silencio amable que devoró todo verbo. Sentado en su sombra no hubo ritos ni plegarias. Cuando Inti comenzó su descenso, regresé, cociné con el Tincho, y el cansancio me llevó temprano a la litera.

La tercera aurora trajo el mismo silencio, un eco hueco que se aferró a mi pecho. Con carro, zaranda y bolsa, bajé al río, saludando al pasar al álamo padre de chopos, cuyos retoños callaban bajo la ausencia de vecinos. —Ya me tienen junado—, musité, inofensivo como un espectro. El médano de arena blanca, brillante de mica, me recibió con la alegría de un tesoro sin dueño. Junto a un árbol caído, una pila de ladrillos rotos, desechos de un tiempo olvidado, aguardaba como botín de la Pacha. Los tomé, soñando con la cocina rocket: un brasero steampunk, con mortero de polvo y chimenea al viento. Para la próxima travesía, pacté con el Tincho traer un budín de pan a cambio de que remara su bote hasta el corralón de la Aldea por una bolsa de cal, pesada como pecados de pirata. Sus ojos brillaron ante el postre, una chispa que venció su modorra y el trato quedó sellado.

De vuelta a la Comarca, el expreso me arrojó a un torbellino de locuras, un galeón zozobrante donde el despilfarro del señor feudal había desatado una fiebre de oropel. Sus monedas compra votos, engordando los bolsillos de funcionarias que, con sus esbirros de carnes trémulas, arrasaban los mercados. Las calles rugían en un caos de colisiones, cada esquina en un naufragio de hierros retorcidos.

En la Guarida, hallé a la señora Kililo en el ojo de su tormenta, los nervios deshechos como hilos de un tapiz roído por el viento. El usurero, amo de la Guarida, había perdido su fortuna en apuestas con el señor feudal, un tahúr de cofres vacíos. Para resarcirse, duplicó los costos, y para Kililo, cuyos inquilinos huyeron ante los nuevos impuestos, los gastos se le cuadruplicaron. —Un mes— dijo el verdugo, para pagar o partir. —Venga a la Aldea, doña—, propuse. —El Tincho tiene una pieza vacía—. Coincidimos en que el loquero electoral no cedería hasta pasado el sufragio, y la idea de un refugio donde los tambores no resuenan la calmó. Le hablé del Yuyar, y su rostro se iluminó: —Podré escuchar mis discos sin regaños, quizá toque el piano— dijo. Recordó antiguas amistades en la Aldea, sombras de un tiempo lejano, y la esperanza ardió frágil.

Usurero

Entusiasmada, compartió el plan con su espejo negro y el chisme voló como alas de Chispa. Al rato, el usurero irrumpió, con falsa clemencia, ofreciendo una rebaja para retenerla. Kililo aceptó, no por fe, sino por tiempo, ya soñando con discos girando al viento. Partiría el mes siguiente, con calma, dejando la Guarida a los buitres.

Mas tarde zarpé al mercado de los constructores, caminando cuatro kilómetros bajo un sol que lamía el asfalto. Los intelectuales de Miller, albañiles, carpinteros, técnicos en general, guiaron mis pasos como enviados por los Apus, susurrando dónde hallar las mejores ofertas. Una cuchara de albañil mellada cayó por un cuarto de su precio. Mechas dignas de perforar el basalto del Ampatu a cambio del diseño de la cocina rocket. La marmolina para la Jabelga la ofreció el cuidador del cementerio, con un guiño que olía a pacto antiguo. Con el botín asegurado, regresé a la Guarida, donde el crepúsculo pintaba de púrpura las ventanas.

Un mensaje al Tincho, urgiéndolo a preparar la pieza para la Señora Kililo, mientras la euforia de la Comarca se apaciguaba, trajo su réplica: la Aldea también ardía, en menor escala, con la muni regalando cargas de ripio y arena, un eco del señor feudal. —No quiero favores de políticos— respondí, dejando el debate para el próximo desembarco.

Separador

Una semana con feriado puente de cuatro días se alzaba como un acantilado antes de zarpar nuevamente al Barranco.