La jornada se desplegó como un lienzo roto desde el triple paro que agitó al feudo.

Separador

En la penumbra del feudo, donde las sombras se alargan huyendo del sol, un espectro que lidera los pliegues del poder desató un impuestazo que duplicó los precios de la Comarca. Aparentemente, su codicia busca financiar su campaña política mientras los aldeanos sienten el peso de su sombra en cada paso. Los megáfonos pregonaban su victoria con el oro del erario comprando al viento un poco de lealtad.

Los comerciantes chocaban con los esbirros del feudo en una coreo torpe de rencores, donde cada puesto del mercado parecía un naufragio. El aire se espesaba con gritos de trueque, mientras las gallinas del almacén miraban con desprecio desde sus jaulas. Nadie sabía si el pan de ayer valía más que las promesas del feudo y los niños corrían entre las patas de las mulas, buscando migajas que ya no caían.

Atrincherado en mi austeridad podé mis gastos para no hundirme en el barro del invierno. Los Centinelas del Pulso, convertido en un circo de promesas gastadas que cobraba oro por cuentos del tío, fue el primero en caer bajo mi tijera. No hay oro que valga tanta modorra, y mis bolsillos vacíos pedían danzar con los pastos del Yuyar.

Cuatro clases para aprender a manejar un tensiómetro sin chocarlo quemaron el alma, un ritual más inútil que danzar bajo la luna para pedir lluvia, mientras el instructor confundía privilegios propios con obligaciones generales, teorías repetitivas como un eco en el vacío. La paciencia se me agotó y supe que no podía seguir en ese barco que navegaba en círculos. Con tinta de necesidad redacté mi pedido de baja, dispuesto a cortar amarras.

Clueca

La odisea burocrática fue un duelo de voluntades laberínticas en un feudo sobrevaluado. Cerré parte del trámite canjeando ropa usada tras esquivar a zánganos que pedían fortunas. La clueca de secretaria cuya voz de arcilla húmeda, exigiendo oro por la baja y torciendo el gesto ante mi nota, mientras sus tres sombras aguzaban el oído al acecho de un cadáver fresco. El viento trazó un revuelo de plumas junto al corte espontáneo de mensajes cómplices, que intentaban acorralarme en un bucle infinito de falsas promesas. Minutos mas tarde, con papeles en regla, como prueba de un duelo ganado y libre de ese enjambre, borré a los Centinelas de mi universo, dejando que sus ecos se perdieran en el viento.

Separador

Caminé hacia el sol que se escondía y mientras me alejaba, el feudo seguía su danza de muertos vivientes.