Con un cuarzo bajo la lengua el barranco me recibió entre ruinas y risas torcidas.

Separador

Amaneció fresco, un guiño otoñal que engañaba al calor de marzo y con la mochila atiborrada de botellas, zarpé al Barranco como quien va a un duelo sin balas. El viaje, un bostezo de rutina, me escupió en la ruta bajo una brisa tímida. Tomé un cuarzo del suelo, pequeño y áspero como un pacto, sintiendo sus vibraciones treparme la garganta. Caminé al barranco, pero la puerta principal, cerrada con desdén, me recibió muda. Toqué y el silencio respondió —el Tincho brillaba por su ausencia—. Bajé al bunker por el sendero ahogado en maleza, ruinas sin machete, donde mi llave giró en vano. Cerradura distinta, cambiada por algún duende o un Tincho con amnesia selectiva.

Retrocedí a la cocina por un portal de enredaderas que el tiempo había borrado del mapa. Mi llave abrió, y al entrar, el Tincho saltó como si un fantasma irrumpiera en su siesta. ¡Avisá que venís, carajo! balbuceó, pálido. Mis llaves del bunker no sirven, dame las buenas, repliqué, seco. Señaló un clavo detrás de la puerta con mano temblorosa y el bunker se abrió a un aliento de tumba: humedad, tierra, hedor a bestia muerta, un mausoleo donde mis trastos viejos se habían esfumado, robados por ladrones o cambiados por ron en algún trueque de cantina. Tomé escobas y palas del taller y entre jejenes zumbones y arañas con ínfulas de señoritas limpié el desastre. Busquen otro nido, alimañas gruñí. Se retiraron con modales de despedida.

Limpieza_del_bunker

Almorzamos los milapanes, y el Tincho, con ojos de borracho arrepentido narró la tormenta que Sombra ya contó —baldes de agua, rayos como látigos, el barranco convertido en un toro de bobina Tesla.— Sonreí en silencio —Taitaillapa estaba saludando y me hubiera encontrado bailando bajo su furia.— Le expliqué al Tincho que Yuyar no es pasto ruso de contrabando, sino algo así como memoria en quechua. Se hizo un silencio y con voz de narrador de fogón, soltó una fábula dudosa: la vieja perra, pinchada por una espina, se desvaneció en un suspiro. Al día siguiente del entierro —obviamente en la cubierta del Yuyar— Barrita le regaló dos gatos que dejó en el patio, junto al asador.

Al anochecer emergieron maullidos amistosos. Los alcé del lomo y noté que nacieron fallados o estaban incompletos. Eran dos gatas —dos reinas listas para fundar gatolandia en el Yuyar.— Cacen alacranes y víboras como mis Valkirias sentencié. El demonio kuka emergió del Tincho y viendo que no mordí su carnada las devolvió a Barrita con una bolsa de comida perruna que le sobró.

Mientras abría su ron y caía en siesta revisé los trastos del taller. Palas intactas —el kuka les teme como al agua y jabón—, tijeras, frascos y mis tomahawk emergieron del polvo. Frente al cedro, sus hojas y piñas cayeron en mis manos mientras le susurraba “Volví, viejo. Gracias por guarecer a Sombra y Chispa. Esa hiedra que te está asfixiando la corto pronto.” Asintió con un crujido grave.

Bajé al yuyar, un mar de pastos salvajes achicaba su alma bajo la maleza. Los nogales secos adelgazaron soltando sus cáscaras rotas, se tambaleaban como borrachos al viento —toqué su tierra, la guardé en un pacto mudo—. Calle abajo, el chopo anciano me escuchó: Padre de estacas, dame tus ramas cuando el viento sople. Una rama verde cayó, su “Sí” rotundo y sus hojas fueron a la bolsa. Ramas secas del camino prometieron fuego al bunker. El calor y los alacranes gritaron que abril sería el mes del campo, —las víboras aún reinan en Marzo—.

Al caer el sol, sorteando las vallas turísticas, visité el manantial del Ampatu, mutilado por algún arqueólogo codicioso me miró desde su piedra. Vertí mis ofrendas en sus huecos vivos y entre murmullos pacté protección para el yuyar. Una espina me rozó la cabeza al irme, cariñosa como un adiós. Vuelvo pronto, reí. Regresé al barranco y mientras el Tincho farfullaba naderías en la cocina, un apu blanco brotó del nordeste cruzando el muro, se partió en dos envolviéndome y siguió su camino hacia el sudoeste. Por la noche el bunker olió a pino quemado. Yesca, pluma y leña, el fuego danzó en su centro y el humo blanco cargado de álamo y miel susurró a los insectos. Sellé con tabaco, cerré puertas, y se vio humo salir. Al cruzarlo al Tincho informé: rito de protección, maldición al curioso ratero. Asintió, temeroso, y compartimos mates en paz. Al alba el aire se alzó limpio. La perra y las brujerías baratas huyeron como sombras rotas.

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La mañana siguiente trajo mates y risas, anécdotas y sueños de proyectos lejanos.