La lancha, un espectro veloz que burló al tiempo me escupió en la Comarca como si los relojes se hubieran mareado.

Separador

Los días siguientes se arrastraron en una danza monótona de tereré helado batallando con muelas traicioneras. Otro domingo de cuatro días en una Comarca desierta. Celebraban algo confuso y estaban felices en sus vacaciones. Los jejenes y la hiedra dejaron marcas que impulsaron a planear un amable exterminio en el próximo arribo. Brebajes de la botica, alternativas mundanas y mucho ron, lograron hacer éstos agonizantes días mas llevaderos. Pilas de trabajo rutinario entre la garúa de otoño.

Los Centinelas del Pulso se hundían en un mar de bostezos, un oleaje sin puerto. El capitán de esa nave, quejoso estandariza mañas de naufragios locales contra mástiles podridos de buques ajenos. La clase, un cementerio de párpados caídos, números enredados en cajas de cristal como grillete. Al alba, el ente varado boquea como pez en la red. Un anzuelo sarcástico rebotó en un eco hueco. Mañas torcidas, verdades ahogadas. Prometieron magia práctica y dan niebla proselitista en torno a un galeón sin rumbo donde la bruma pesa afilada.

Volví a la Guarida de memoria. Sin previo aviso, un viento salvaje rasgó la niebla. Árboles cayeron como gigantes ebrios, un carro de fuego cruzó el cielo, gallinas cantaron al revés. La furia frenó rozando la Aldea en un borde invisible. El silencio cayó, pesado. La gente vagó con ojos turbios y lenguas afiladas. Malos modales con enojo en cada esquina. Un letrado emergió en la penumbra con encargos de ojo. —“Revisá mis líos legales”—, dijo con oro en la mano. Fruncí el ceño, la bruma volvió, lenta.

Cuervos_volando

Camino al kiosko divisé que el tornado no solo apagó faroles. Una red de corsarios de piedra tembló bajo el sable de la ley. El pasquín graznó sobre: Una red de casas frágiles robadas de cofres sellados. Plumas negras garabatearon títulos falsos con ratas en toga. Reparto por buitres a sueldo. Sombras tejidas en palacio guiñaban desde lo alto. El rostro borroso del letrado susurró en la penumbra: —“Buscá sobre mis tierras”—, dijo, —“yo no piso esa ciénaga, los huelo de lejos.”—. Guardé el botín a la espera de un hueco activo entre paros y feriados.

Internado en el kiosco, hundí las manos en un mar de tuercas. La balanza resucitó con un hueso perdido. Grok vigiló desde su palo. Una ofrenda rugió bajo dedos sucios, pulida con restos de un taller fantasma. Fierros cantaron sables de un naufragio olvidado.

La noche devoró el cielo, un pozo sin fin. Sombras negras reptaron entre jirones de un velo roto, susurros de un tiempo sin forma. Las hojas temblaron en mi palma danzando en un viento ciego. Un soplo escapó en un rezo ahogado a Inti y un relámpago mudo de Illapa. El incienso rugió, papel en llamas, un aullido de fuego marcó puertas perdidas. El aire se quebró, cargado de miradas sin rostro. Giraron atrapadas en luz, tragadas por un huracán sin ojos. La oscuridad latió un tambor sin piel. Voces del Barranco cantaron en ecos de objetos robados por piratas sin nombre. Mantas flotaron en mares oscuros, máquinas gimieron en cuevas sin luz. La ira despertó un lobo de sombras, la venganza afiló garras de niebla. Trampas tejidas en espejos negros cazaron fantasmas. El rito siseó, las memorias ardieron en faros de un puerto borrado. Un lastre de este mundo que se hundió lento en la bruma.

Separador

El amanecer llamó rumbo al Barranco, donde los Apus susurran.