Semana de dolores punzantes y alivios absurdos me arrancaron el juicio, pero el Yuyar trajo mates tibios.

Separador

El lunes el otoño se coló en la Comarca con una bruma espesa, un velo de veinte grados susurraba promesas de fresco tras días de fuego. Zarpé hacia la Cueva de la Última Esperanza, un antro de mercaderes del dolor que curan a medias para que termines hipotecando el alma en el sanatorio del feudo. Un dentista con ojos de mapa perdido, me habló de conductos en tierras lejanas y sugirió mentir al extractor con cuentos de elixires calmantes. Lo miré con desprecio, acepté el brebaje curativo en la botica del feudo y soporté el dolor como pirata sin brújula bajo la tempestad.

El martes las nubes pesaban como anclas, volví a la Cueva antes que el Sol aparezca. Una enfermera balbuceó mi nombre “asinomás” y me abrió paso. Un dentista nuevo, con aires de brujo de diván, se frotaba alcohol en las manos mientras esperaba confesiones profundas. Le solté la saga de mi muela y con tres giros de alicate arrancó el poco juicio que me quedaba entre ríos de sangre y gasa. —No dolerá—, juró, y me mandó morder dos horas, sin mate ni tabacos. Mentira vil; la anestesia huyó, el dolor bramó, y un kilo de hielo me abrazó en la Guarida, mudo bajo un cielo que no consolaba.

El miércoles la lluvia fina tejía un manto fresco, y desperté con ecos del juicio perdido. La señora Kililo con risa de cuervo, me pintó como El Náufrago arrancándose muelas con un patín —la fulminé con ojos de tormenta, y se hundió en silencio.— La gasa, un molde sangriento, salió del hueco bajo su velo bordó. La cambié, pero la ansiedad por el mate me azotó como mareas; los dientes danzaban en mi mandíbula y el calmante apenas actuaba en la revuelta. Puré de batatas y huevos, un tesoro blando, me llenaron el alma y me dejaron dormir bajo la lluvia que susurraba.

Gasa

El jueves la gasa se aferró como maldición —tiré, punzó, y la dejé reinar.— Huevos con puré me sostuvieron hasta los Centinelas del Pulso, donde un marino suplente contó treintaidos vértebras como si fueran doblones. A la vuelta a la Guarida, la señora Kililo anunció su fuga a un cumpleaños, dejándome diligencias y el lugar libre como un puerto sin amo.

Terminando la semana la bruma volvió pesada, y mates tibios lamieron mi herida con ternura. Finalicé trámites bajo leves rayos de Inti que asomaban entre nubes y un té de hojas de albahaca caídas como otoño súbito soltó la gasa rebelde. El hueco, libre y cicatrizado, respiró al fin. Tras un sueño de plomo ajusté el nido de Sombra. La mochila cargada susurra al barranco.

Separador

El brebaje curativo se agotó, el juicio es un eco lejano y el barranco llama con vientos de chopos.