Tramo 5
Calma Frenesí
La Comarca amaneció con un cielo gris estirándose al Norte, como un telón que prometía agua.

El calor seguía pegajoso, pero algo en el aire olía a fresco. Salí a cirujear por los tachos del barrio. Entre latas oxidadas y bolsas rotas, pesqué unas tablas nobles, como si el Yuyar las hubiera mandado. Con ellas armé una pajarera y la trepé a la terraza antes que la lluvia me ganara. A la siesta, mientras las nubes descargaban intermitentes chaparrones frescos, mateaba en la cocina, y de pronto oí aleteos. Subí y ahí estaban, recién llegados, un caburé chico de plumas oscuras y ojos como brasas y una jilguera dorada que brilla como moneda al sol. Sombra posó serio en la entrada, Chispa saltó al techo con un trino. Les dejé agua y un puñado de semillas y les propuse un trato: Vuelen a la Aldea, espíen el Yuyar, tráiganme chismes del barranco a cambio de éste nido y comida. Sombra ululó un hecho, Chispa pió un sí, y al rato, con el cielo aclarando, alzaron vuelo rumbo al Norte, plumas contra el viento.
La lluvia paró a media tarde, y el calor volvió a apretar, pero yo mateaba tranquilo, confiando en mis vigías alados. Ya cayendo el sol, cuando el nublado se teñía de naranja, oí ruidos en la terraza. Subí con más semillas y agua, y ahí los vi llegar.

Sombra aterrizó en la pajarera, apoyó un ala en la pared como pirata exhausto, respirando hondo. Chispa rodó del lomo y cayó panza arriba sobre el techo, agotada pero viva. Me vieron con el botín, y sus ojos se encendieron. Comieron, bebieron, se bañaron chapoteando mientras yo cebaba mates bajo la noche que caía. Entre un trino y un ulular, Sombra alzó el pico y arrancó el parte: —¡Capitán!, el Yuyar es un edén con barranco. Qué lindo se lo ve desde el aire—. Chispa saltó a una pata y trinó agudo: —¡Es una maravilla! La tormenta nos encontró volando, pero nos guarecimos en el cedro alto del lado del Tincho. Desde ahí se espía la cocina como desde un faro—. Sombra siguió, con su ulular grave: —El rincón de los álamos está listo, Paqo, agradecidos de tener árboles altos para acobacharnos.— Y Chispa agregó, sacudiéndose agua: —El cedro nos dio vista a la cubierta, el barranco, todo.—
Cebé otro mate y pregunté, curioso: ¿Hubo visitas?, ¿La Sole fue sola o con Rulito? Chispa ladeó el pico, pió confundida: ¿Quién es Rulito? No, sola venía, con bolsas de fritanga —papitas y sánguches que olían a la legua.— Sombra ululó con sorna: Adentro lo encontró al Tincho, corriendo con tachos y baldes, cazando goteras como loco. Salía disparado al baño cada rato, con cara de naufragio. Chispa trinó risueña: Le dijo a La Sole que tenía diarrea por agua turbia de la canilla —excusa de pirata.— Yo asentí, y Sombra continuó: La Sole lo cruzó, que creía que las goteras estaban arregladas, y el Tincho balbuceó que la lluvia lo agarró poniendo alquitrán, que no secó, y dejó todo a medias —el techo sigue siendo un colador.— Chispa cerró, con un trino alegre: ¡Un lío de plumas! La Sole gritaba, el Tincho corría, y los tachos chapoteaban.
Mate en mano, los miré fijo: ¿Y el Yuyar? Sombra bajó el tono, solemne: Ni el Tincho, ni La Sole, ni nadie pisó el bunker ni el barranco. Estaban muy ocupados con su tormenta casera —el yuyar está intacto, Capitán.— Chispa pió suave: Desde el cedro lo vimos todo —el bunker duerme en paz.—
Terminaron el relato, Sombra ululó grave, Chispa dio un trino corto, y se acurrucaron en la pajarera, exhaustos pero leales. La noche cayó fresca, y el mate amargo me calentó las manos.

El yuyar sigue en pie, y mis espías alados ya son leyenda.