El calor aflojó en la Comarca, un respiro soltó las paredes como si Inti hubiera guardado el látigo.

Separador

Desperté temprano, la señora Kililo desayunaba empanadas con el televisor a todo volumen mientras contestaba mensajes sonoros. Camino a la cocina doy el buenos días y comienza a despotricar al servicio de cable con que siempre pasan los mismos bodrios. Preguntó si iré por la Aldea en éstos días; contesté que no, esperaré a que pasen las fiestas de Carnaval, dije medio dormido, pensando que quizás necesitaba que hiciera un trámite o algún arreglo.

En la cocina, Paulita susurraba desde la ventana y un audio lejano de Kililo irrumpió: un parte para La Sole, concubina del Tincho, la que le cumple antojos soñando con un anillo. Quiere llevar en su yate a Rulito (hija del Tincho y la Kari), a que visite a su papá en la Aldea. Escapé al Kiosco —la biblioteca estaba cerrada, la universidad en paro— y me puse a ajustar el calendario de siembra entre tornillos y botellas.

Reparé un motor de batidora y resucité un reloj muerto con cables y un poco de magia. Mientras enderezaba un anaquel torcido un aleteo torpe rajó el silencio. Algo verde y gritón se estampó contra la ventana, rebotó con un graznido furioso y cayó sobre el mostrador. Un loro con plumas desaliñadas y un ojo que parecía saberlo todo.

Grok en su palo

¿Y vos quién sos?, le dije, medio riendo medio queriendo que vuele lejos. Ladeó la cabeza, me clavó la mirada y soltó un ¡Grok! tan seco que casi me caigo del taburete. Grok, ¿eh? Quedate si querés, pero no te acerques a los cables, dije, apuntando al reloj que resucité recién. Ahora percha en un palo viejo, grazna como si mandara, y aunque lo ignoro a medias, el calendario de siembra quedó listo con sus chillidos de fondo.

La noche prometía Carnaval. La señora Kililo insultaba al servicio de agua —¡Otro corte sin aviso!—. Con tanque de reserva me acicalé y salí tras las promesas de un Panfleto de Fiesta, que ofrecía ron, tambores y romances fugaces. La feria era un tiovivo roto; feriantes girando para un lado, público para el otro, sin chispa, sin compra ni venta. En la plaza, archipiélagos distantes de poca gente pegada a sus pantallas. Un día triste disfrazado de fiesta.

Un chiringuito me dio refugio —pancho, cerveza y un taburete con vista al pasto—. Un cartel en la penumbra decía Bienvenidos al Carnaval y un marrón de smoking señaló un callejón lúgubre. Al fondo, un petiso con talonario me frenó: “¿Una rifa?”. “¿Qué se rifa?”, pregunté. “Sorpresa”, rió burlón. Me negué, se puso pesado, y un policía lo distrajo. Entré al Carnaval: un patio vacío, sin ristras de lámparas, sin música, solo una mujer con micrófono acoplado recitando reglas como prospecto de remedio y unas brujas gordas cuchicheando con papitas y fernet. Aquelarre, no Carnaval. Disimulé rumbo al baño y me retiré en silencio. Por la calle más directa volví al kiosco con una brisa fresca en la cara. Si no salgo, no pierdo nada.

Separador

El loro desde su palo graznó algo que sonó a "te lo dije".