Tramo 3
Varado en La Comarca
El sudor empapa la cubierta de la Guarida mientras la Comarca hierve bajo el yugo de Inti, atrapada entre tambores roncos y promesas que se deshacen cual papel mojado.

El piquete se alzó como un milagro burocrático, tras un acuerdo entre acarreadores y el feudo que seguro firmaron con tinta invisible y un sudado apretón de manos. Los viajes volvieron a su cauce, pero el instinto me susurró que La Comarca me retendría antes de soltarme al yuyar. Por la tarde, la señora Kililo, con su talento para la tragedia doméstica, trocó el té por sándwiches de miga y cerveza, preparando el recibimento de sus amistades como si la Guarida fuera un salón de gala en ruinas. Me atrincheré en mi refugio y zarpé al cirujeo para dejarlas disfrutar su velada. Al volver con botín de botellas, hallé a la señora Kililo sola, abandonada sin aviso por esas amistades más falsas que un doblón de madera. Me dio ternura su naufragio social y corrí por helado para rematar esos sándwiches de miga con un toque de dignidad.
Y aquí yazgo, varado en este puerto ardiente hasta que Inti afloje su látigo de fuego. Mientras el calor moja las tablas de la Guarida, zarpé a una apuesta tan loca como hallar ron decente en la bodega del Tincho: un kiosco virtual alquilado con monedas ganadas en una tirada febril contra los corsarios de la Web. En cuatro horas de sudor y comandos, clavé el cartel en la proa: Bienvenidos al Yuyar. El mostrador cruje, los anaqueles bostezan. Por la noche, el viento arrastró nubes densas como un alivio burlón; rodearon La Comarca, refrescaron lo justo para no achicharrarnos y calmaron los ánimos con más ruido que lluvia —el lema tácito de este viaje—.
Al alba, cuando el sol asomó como un vigía con resaca, retumbó el tambor del Tincho. Con su voz gastada por el ron, largó la novedad: Barrita, —antes el Último Gaucho, hoy jardinero con ínfulas— reclama un aumento en su alícuota. Lo vi venir como un ciclón tatuado en el radar, con Barrita afilando la garra bajo su sombrero. Cada alma que husmea mi plan intenta quitar plata, garronear algo o frenarme con excusas más raras que un pez con botas. Viene a saquear donde cree que hay oro, pero mi cofre solo guarda ironías y migajas. Hasta el Tincho, con su astucia característica juró que el suministro de agua corriente falló y compró bidones de agua mineral. “Te los ofrezco vacíos” soltó, como si fueran cálices del Pacífico. Seguro traen un precio que me hará renegar cuando pise el yuyar. “Ya veremos” gruñí, y en mi cabeza tronó el eco de Miller: “¡NO HAY PLATA!”.

Planteé subirle un cuarto de cuota a Barrita para que cuide lo que eso cubra, pero el Tincho con su lógica aclaró que esa extensión es su propia cucha, dejando el yuyar a merced de las malezas que crecen como un astillero fantasma. Claro, su palacio es sagrado y mi flota de álamos puede esperar como un galeón olvidado.
El calor sigue abrasando, los tambores tañen en un preludio febril. Que las nubes traigan más que ruido y el Tincho no me cobre bidones a precio de elixir. Por ahora, la Guarida es mi baluarte. El Carnaval asoma en el horizonte con sus máscaras y su bullicio, listo para engullir la Comarca en un torbellino de pólvora y promesas vanas.

El sudor pesa y los tambores callan, el Carnaval se acerca con su danza de sombras. Que el próximo tramo traiga brisa y no más excusas de taberna.