El calor abrasa la cubierta de La Comarca como si Inti hubiera fundido el termostato, mientras vientos cruzados sacuden este casco varado en un mar de asfalto y despojos.

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La calma es un lujo que este viaje me niega con sorna. Ayer, el Tincho me lanzó un mensaje que retumbó como tambores en la bruma: La perra falleció. Todo en orden.

¿Todo en orden? Claro, si aceptás que mi camarote del capitán devino en un mausoleo canino por un descuido poético. La reina peluda largó su último aliento, y me figuro al Tincho alzando un trago turbio, mascullando un adiós con la gracia de un grumete resacoso. El bunker vuelve a ser mío, o eso rezo mientras el eco de sus gemidos se disipa como humo en la galerna.

Pero los dioses parecen jugar con humor seco. Desde ayer Inti asa la cubierta y el Illapa juega a mojar y secar en minutos. Cruzar La Comarca es bogar en un océano de brasas, entre calles desiertas y un viento seco que te hace maldecir hasta el aire que te empeñas en respirar.

Con las velas tensas para zarpar al yuyar, hoy desperté con un redoble que no invitaba a danzar. Desde la torre de la Guarida, mi refugio en este fondeadero caótico, divisé columnas de humo en los accesos. El informativo, ese oráculo de calamidades con voz de locutor afónico, soltó el trueno: “Paro de transporte por tiempo indeterminado”. Los corsarios de La Comarca y La Aldea —esos que guiñan a estribor mientras viran a babor por sus cofres— me dejaron anclado al muelle. El viaje al yuyar aguarda, preso de las tormentas de un feudo que rema al revés.

En la planificación, bendije en secreto al alcalde, un coloso del desgobierno que convirtió sus calles en un basurero digno de un naufragio pirata. Mis correrías de cirujeo —un arte noble, si me preguntan— me dieron oro: botellas plásticas, ahora comprimidas en una caja de tabaco, listas para zarpar al yuyar. Pensé pescar algunas en las calles de La Aldea, pero una siesta bajo éste sol es un llamado al cinco luces de los celosos o al canto de las sirenas de la ley. Imaginen a Paqo Cuaternión, con cara de náufrago honesto, explicándole a un zorro gris que busco botellas vacías, no ando por doncellas ni herencias de abuelas. No, gracias. Además, si los aldeanos olfatean el valor de su basura, la guardarán como si fueran perlas del Pacífico o pedirán un rescate en ron.

En la Guarida, mi plantín de albahaca, la Paulita —bautizada por una novia que amaba bailar al vaivén del centrifugado,— reina sobre el lavarropas. La paseé por el camarote buscando su norte, y ella eligió girar en esa danza de espuma y temblores.

Paulita en el lavarropas

Con una botella de un cuarto riega sus raíces una semana. Si cuatro litros por estaca siguen el mismo compás, mi tripulación tendrá agua para el primer año, o al menos hasta que el Tincho confunda el balde con su cantimplora.

El calor infernal me varó en la Guarida, donde mis días se llenan de consultas remotas sobre aflicciones del alma —el sino público de un Paqo con demasiada paciencia—. Pronto saldré a cazar provisiones. Aunque el Tincho ya no tiene reina que custodiar, unos milapanes con cerveza sellarán nuestro pacto: No toques, no rompas, y tendrás tu tajada cuando el yuyar dé frutos.

Luego está la señora Kililo, casera de la Guarida, una octogenaria que destila penumbras con cada saludo. Al saber de mi posible ausencia, convocó a sus amigas, las chicas del milenio, a un té canasta. ¿Por qué solo cuando me voy? El instinto me susurra que urde algo, pero no indagué —negaría todo y me tildaría de perseguido—. Esconderé mis pocas joyas entre los libros, donde ningún pirata husmea, y dejaré trampas en cajones y colchones: un calcetín viejo y una nota que rece: ¿Buscabas esto?

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Por ahora, el mar de La Comarca hierve, los tambores tañen y el Tincho despide a su reina con un brindis torpe. Que los dioses aflojen su ira y los milapanes sostengan la tregua en este tramo.